martes, 31 de marzo de 2020

18. LA CASA DE BERNARDA ALBA



Estudiábamos el teatro de Lorca cuando lancé el primer trazo. Tenía quince años. Por aquella época vagabundeaba del día a la noche como una condenada a muerte, como alguien que lo tiene todo perdido. Los lamentos de todas esas mujeres me corroían, me nublaban. Sus dogmas, su mala suerte, su opresión, su fanatismo, su aceptación de las cadenas me llenaba el corazón de tinieblas. Pero descubrirlo allí, tan quieto, tan simple en su forma y en su uso, sobre la mesa de la profesora, me cambió. Recuerdo ese primer trazo verde y grueso.
Ella se llamaba Sella. Había llegado ese año al instituto. Sella me enseñó, mientras en clase de literatura estudiábamos el teatro de Lorca, cómo se utilizaba un pincel, cómo vomitar todas mis tinieblas sobre un folio en blanco. «Tienes que salir de La casa de Bernarda Alba —me decía—, todas debemos romper el bastón y recorrer el mundo.» Trazo verde, tras trazo verde, lo logré. Salí gracias a una mujer llamada Sella y a la música que despertó en mí un pincel.


lunes, 30 de marzo de 2020

17. LAS HUELLAS



Pelusa, mi perrita, había desaparecido. Menos mal que la noche anterior había llovido y encontré sus huellas en el barro. Cogí una mochila, eché un batido de chocolate y un paquete de galletas y salí en su busca sin decírselo a nadie. Yo la encontraría. Abandoné el cortijo, salté la valla y crucé el riachuelo. Me sorprendió que Pelusa, apenas un cachorro, hubiera caminado esa distancia. Me sentía como uno de esos detectives que tanto nos gustan a mamá y a mí. Tan listos y valientes. Tenía que encontrarla, y adentrarme en el bosque no debía aterrorizarme.
         Me senté en una roca para almorzar y descansar un rato. Ya no había barro y tampoco huellas. Me propuse investigar la zona, seguro que Pelusa estaría por allí husmeando. La encontraré, me decía, soy un gran detective, nada puede escapar a mi instinto. La busqué tanto que no advertí que comenzaba a anochecer, pero eso no me impediría hallar a Pelusa.
         Hacía mucho frío. Me acurruqué bajo un árbol para entrar en calor un poco antes de seguir buscando a mi perrita. Todo sucedió muy rápido. Me rodearon sin que me diera cuenta y antes de que pudiera levantarme me atacaron clavándome sus colmillos en mi cuerpo destemplado. El más grande me arrastró hasta su madriguera y aquí me dejó. Cuando mi vista se aclimató a la oscuridad descubrí, sintiéndome como estoy pasmado de frío por la pérdida de sangre, a mi lado, el cuerpecito todavía tibio de Pelusa. La humedad lo envuelve todo. Por fin la encontré.



domingo, 29 de marzo de 2020

16. LAS PALABRAS



Ando como loco, como esto dure mucho más no sé cómo acabaré. Un escritor sin poder escribir lo que piensa, ¿dónde se ha visto eso? Me siento a escribir todas las mañanas. Intento mantener una rutina, lo recomiendan todos los psicólogos. «Escribe —me digo—. Olvida todo el caos de ahí afuera». Mi editor me ha escrito un email motivador sobre las ventajas del aislamiento forzoso. «Por fin podrás acabar la novela», me dice. No sé cómo tomarme ese «por fin».
Ha pasado una semana y, ante mi falta de respuesta, me ha llamado. Después de las preguntas de rigor, inocentes y falsas, me pregunta por la maldita novela. «No puedo escribir —le digo primero y después le grito—. «¿¡Quién cojones puede escribir entre este caos, entre tanto dolor!? ¿¡Quién!?» «Eres escritor —me dice muy sereno—, aprovéchate. Utiliza las circunstancias». Me he cagado en sus muertos y he colgado.
Unos minutos más tarde lo he llamado para disculparme. Él también lo ha hecho. «Cuéntame qué te pasa —me dice—, en serio, Nacho, dime de una vez qué te ocurre». Le cuento la verdad, le digo que no puedo escribir lo que deseo escribir. No es que no lo intente, simplemente pienso en una palabra y en la página o en la pantalla aparece otra. Si quiero escribir “anda”, aparece  “calma”; si quiero escribir “amor” aparece “hija”; si “día”, “sudor”; si “felicidad”, “compañía”; si “teatro”, “hipoteca”; si “consuelo”, “madre”; si quiero escribir “ella”, o “mujer”, o “pareja”, o “compañera”, solo aparece una y otra vez “Laura”. Una y otra vez “Laura”.

sábado, 28 de marzo de 2020

15. EL HOMBRE UNIFORMADO



Una mañana de verano, en las pistas del colegio, mientras regateaba a Javi para marcar mi segundo gol del partido, Gonzalo, el hijo puta de Gonzalo, se lanzó hacia mí con todo su obeso cuerpo y me empotró contra una de las columnas que hay detrás de la portería. Perdí el conocimiento al instante. Todos se asustaron, también Gonzalo. Me llevaron en volandas hasta la fuente y allí comenzaron a echarme agua como si yo fuera un delfín varado en la playa y aquella la única manera de mantenerme con vida.
         Cuando desperté, completamente empapado, todos estaban a mí alrededor mirándome como si el delfín hubiera muerto. Pero en cuanto comprobaron que me encontraba bien, que no se me caía la baba ni se me había quedado un lado de la cara flácido, siguieron jugando con la misma naturalidad que hace unos segundos temblaban de miedo. Me incorporé como pude, me apoyé en la pared del colegio y anduve lentamente buscando un mordisco de sombra. Al dejarme caer sobre la acera, entre la inercia y el cansancio, me golpeé la nuca con la pared. No perdí el conocimiento como antes. No. Veía perfectamente. Pero lo que descubrí me asustó más que mi posible daño cerebral. Sentía un extraño calor en las manos. Al mirarlas quedé paralizado. Eran enormes y rojas y de ellas emanaba una gran cantidad de sangre que me bañaba las piernas. Tiritaba. Con las palmas de las manos como si sujetara un libro abierto contemplaba cómo se derramaba toda esa sangre, que sabía que no era mía, y cubría la tierra lentamente.
         Mis amigos no se percataron de nada y continuaron jugando el partido. Yo permanecí en la misma postura, observando cómo aquel líquido caía y se extendía más allá de mis piernas, cercándome. Fue entonces, sintiendo mi cuerpo como una isla rodeada de sangre, cuando mi mente se llenó de imágenes y recuerdos que tampoco eran míos: un pasaporte falso… una mujer rubia y alta, con la piel como la nieve… muchos hombres rígidos y temerosos que se abrían a mi paso con las barbillas muy erguidas… un uniforme militar negro con muchas medallas… varios tanques atravesando una estepa nevada… lo que parecía un castillo… lo que parecían prisioneros famélicos y lo que eran agujeros en la tierra.
         Mientras sentía la sangre caliente caer y manchar la tierra, supe que esos recuerdos sí eran míos. Pero no de este niño de trece años que soy ahora, sino de ese otro hombre despreciable y uniformado que fui.
               

viernes, 27 de marzo de 2020

14. PANDORA I



Enciende una cerilla.
         —¿Qué haces?
         —Contemplando a Pandora.
         —Ahora sí que te has vuelto loco.
         —¿No es la consecuencia natural?
Enciende otra cerilla.
         —No gastes más, podríamos necesitarlas.
        —¿Quién es el loco: yo que solo contemplo o tú que crees que unas cerillas nos servirán de algo en un submarino que se hunde?






jueves, 26 de marzo de 2020

13. EL JOVEN APRENDIZ



El joven aprendiz, en un intento por parecer un hercúleo cazador, se distanció del grupo buscando la oportunidad y la presa perfecta. Deseaba regresar triunfante como un César imberbe. Sin embargo, mientras agudizaba su inexperta vista, cayó en un agujero de lodo creado por las torrenciales lluvias de aquella semana. Quedó clavado hasta la cintura. Pero el joven cazador, digno y valiente, no quiso pedir auxilio. Bajo ninguna circunstancia gritaría para que sus compañeros se rieran de él o lo grabaran con sus móviles y lo proyectaran eternamente. Esto pensaba nuestro querido cazador mientras se hundía en el lodo.
Solo cuando paladeó la tierra y tuvo que erguir la cabeza para respirar, solo entonces quiso y no pudo llamar a sus compañeros. Era demasiado tarde. Había perdido la palabra y por tanto la libertad. El joven aprendiz murió con su escopeta, virginal, pegada al pecho.


miércoles, 25 de marzo de 2020

12. A TODA COSTA



El Presidente de la multinacional dijo, dando un golpe sobre la mesa, que ayudaría al Gobierno y al país a toda costa. El Vicepresidente General tragó saliva. Uno de los asesores del Vicepresidente Financiero, antiguo filólogo hispánico, después de guardar un minuto de silencio, levantó la mano atemorizado. Disculpe, Señor Presidente —dijo—, pero «a toda costa» significa sin limitación en el gasto o en el trabajo. El Presidente bebió agua lentamente y explicó a la Junta que solo era una manera de hablar.